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ENCUESTA SEMANAL: En este proceso de crisis, tus ingresos cubren tus gastos prioritarios o la canasta familiar?


RESULTADOS DE LA ENCUESTA ANTERIOR

En este proceso de crisis, cómo están tus tarjetas de créditos?

Limpias: Votó un 57%

Al 50%: Votó un 36%

Al 100%: Votó un 7%

Más del 100%: 0%

3 diferencias clave entre la Gran Recesión de 2008 y la actual crisis causada por la pandemia


Despidos, empresas que entran en crisis y ayudas financieras del Estado. Se trata de un escenario que ya conocemos.

Estados Unidos entró oficialmente en recesión esta semana. Una noticia que, en medio de la pandemia del coronavirus, no genera sorpresas pues la crisis económica ha afectado prácticamente a todo el planeta.

Hace poco más de una década, el planeta también se vio sacudido por los efectos de la llamada Gran Recesión de 2008, de la cual la mayor parte de las economías necesitaron varios años para recuperarse.

Pero ¿cuáles son las diferencias fundamentales entre ambas crisis?

Un origen distinto

La Gran Recesión no fue causada por un fenómeno natural ni por un golpe de mala suerte. Su origen estuvo en las decisiones equivocadas tomadas en Wall Street.

Fin de las recomendaciones.

Durante el auge del mercado de viviendas, los banqueros le habían dado créditos a personas que no tenían una situación económica consolidada.

Muchos bancos luego vendieron esas hipotecas a otros bancos, que las combinaron en paquetes junto a otras deudas similares y las vendieron a los inversionistas.

La idea era que esos paquetes generaran más dinero cuando los préstamos se pagaran, pero a medida que la gente dejó de honrar esas hipotecas, muchos bancos entraron en problemas.

Para solucionar ese problema en Estados Unidos, el gobierno aprobó varias leyes para proteger a los consumidores de situaciones como éstas y creó un programa de ayudas por US$700.000 millones para rescatar a los bancos que necesitaran auxilio.

En ese momento, dar ayudas a los grandes bancos y a grandes industrias como la del automóvil era algo bastante polémico pues muchas personas sentían que eso era como recompensar a esas compañías por tomar malas decisiones.

Sin embargo, al final, gracias a un mayor control y al apoyo financiero del gobierno, se considera que esas medidas fueron eficaces para evitar que colapsara todo el sistema financiero.

La actual recesión tiene su origen, en cambio, en una pandemia que afecta a todo el planeta.

Para evitar el contagio de la enfermedad, muchos gobiernos han forzado el cierre de muchos negocios considerados no esenciales y han establecido confinamientos y cuarentenas, llevando a la parálisis de numerosos actividades económicas.

Por fortuna, esta vez el sistema financiero se encuentra en una situación mucho mejor, en parte debido a algunos de los cambios regulatorios y legales realizados tras la recesión de 2008.

Las bolsas ya se han recuperado parcialmente y los bancos han podido soportar la caída de los mercados de mejor manera gracias a esas nuevas normas, de acuerdo con Todd Knoop, un economista que estudia la historia de las recesiones en el Cornell College.

“Los responsables de elaborar las políticas han desarrollado un guion y aunque los detalles del mismo han cambiado con el tiempo, ellos tienen ahora una mucho mejor idea acerca de qué hacer durante una crisis, a diferencia de lo que ocurrió durante la Gran Depresión o, incluso, en 2008”, señala.

Campbell Harvey, economista de la Universidad de Duke, señala que esta vez ayudar a los negocios ha resultado más complicado.

“Yo ni siquiera lo llamo un rescate. Para mí un rescate significa que estás ayudando a alguien que hizo un mal trabajo. En este caso es más una ayuda“, afirma.

La escala y la complejidad requerida para entregar esta ayuda ha sido todo un reto pues en Estados Unidos un 40% de la población está empleada por unos 30 millones de pequeñas empresas.

“En la Gran Recesión, los decisores políticos podían reunir en una habitación a los directores de las 25 instituciones financieras más importantes y literalmente entregarles un cheque con el dinero del rescate. En esta recesión no son los bancos los que están siendo golpeados, sino millones de negocios pequeños y medianos”, apunta Harvey.

Un sistema que se hunde y otro que se transforma

Antes de 2008, la actitud mayoritaria entre los economistas y los órganos regulatorios era que los mercados debían cuidarse ellos solos.

Esa fórmula parecía estar funcionando: apenas meses antes de que la economía comenzara a contraerse las bolsas habían alcanzado máximos históricos.

Pero el palacio había sido erigido sobre arenas movedizas.

Cuando las personas empezaron a tener problemas para pagar sus hipotecas, los bancos que habían destinado grandes fondos a los paquetes de inversión que estaban respaldados por éstas comenzaron a hundirse.

Muchas personas perdieron sus ahorros y compañías que no tenían ninguna relación ni con los bancos ni con los bienes raíces no pudieron acceder a las inversiones que necesitaban para mantenerse a flote.

Lo que ocurrió tomó a muchos por sorpresa.

“Creo que la razón por la cual muchos economistas no entendían lo grave de la situación es debido a que no podían entender lo estúpidos que estaban siendo algunos de los jugadores”, señala Knoop.

Para solucionar este problema, las autoridades estadounidenses crearon una serie de programas y políticas destinadas a la recuperación económica del país, incluyendo dos paquetes de estímulo a la economía valorados aproximadamente en US$1 billón entre 2008 y 2009.

La Reserva Federal (Fed) rebajó las tasas de interés a casi cero y lanzó un programa de expansión cuantitativa mediante el cual compraba inversiones para aumentar el flujo de dinero en la economía.

Aunque la actual crisis aún se encuentra en sus primeros días, parece que los políticos aprendieron las lecciones de 2008.

“Ahora esperamos que el gobierno tome un rol muy activo”, señala Knoop.

En 2008, tuvieron que transcurrir seis meses desde el colapso del banco de inversiones Bear Sterns antes de que la Fed decidiera bajar las tasas de interés a casi cero.

Esta vez, la Fed rebajó las tasas de interés apenas unos días después de que el presidente Donald Trump declarara el coronavirus como emergencia nacional, y destinó US$700.000 millones a un nuevo programa de expansión cuantitativa.

Apenas dos meses más tarde, el Congreso aprobó un paquete de estímulo a la economía por US$2,2 billones para ayudar a millones de ciudadanos afectados por la crisis, y es posible que haya un segundo paquete en camino.

Pero la manera como las personas hacen su vida cotidiana, desde tomar el transporte público hasta trabajar en una oficina, se ha transformado completamente en una “nueva normalidad” que podría extenderse por un buen tiempo.

Algunas empresas como el gigante tecnológica canadiense Shopify podrían abandonar para siempre el uso de oficinas, mientras que otras compañías buscarán automatizar algunos trabajos.

“Realmente esto está destrozando a las personas y destruyendo sistemas humanos en cuanto a la forma de intercambiar ideas y tecnología y en cómo interactuamos entre nosotros”, indica Knoop.

Dos crisis, dos velocidades

Uno de los aspectos característicos de la Gran Recesión fue su duración.

El Buró Nacional de Investigación Económica detectó de forma retroactiva que la primera vez que la economía en Estados Unidos empezó a contraerse fue en diciembre de 2007.

El banco Bear Sterns colapsó en febrero de 2008 pero no fue sino hasta septiembre de ese año cuando el índice industrial Dow Jones cayó 777,68 puntos, su mayor derrumbe en puntos en la historia hasta 2020.

Mientras tanto, los empleos empezaron a desaparecer lentamente y, para octubre de 2010, la tasa de desempleo había subido hasta el 10%.

Las recesiones se alimentan de la incertidumbre: incertidumbre sobre las posibilidades reales de recuperación del sistema financiero, incertidumbre sobre la posibilidad de mantener el propio empleo.

“Si hay mucha incertidumbre, las empresas no hacen inversiones de capital y los consumidores no gastan”, afirma Harvey.

Durante la Gran Recesión, esta incertidumbre se prolongó.

Incluso después de que el mercado bursátil se recuperó y la producción se incrementó, el empleo se mantenía a la zaga y no fue sino hasta 2017 cuando recuperó los niveles que había alcanzado antes de la recesión.

Harvey explica que si la crisis de 2008 fue como una larga enfermedad degenerativa, los efectos económicos del coronavirus han sido como los de un desastre natural que arrasa con todo de una vez.

“No puedes limitarte a sacar las reglas del juego de la crisis de 2008 y aplicarlas a la de 2020. Con una pandemia no hay donde esconderse. Todos en todo el mundo se ven afectados”, señala.

Entre marzo y abril, la tasa de desempleo subió 10 puntos hasta superar el 14%, mientras que el Producto Interno Bruto del país cayó casi un 5%.

Harvey, no obstante, cree que hay esperanzas.

La incertidumbre en esta recesión es principalmente biológica pues al inicio no sabíamos cuán mortal era la enfermedad, cuáles eran sus efectos secundarios o qué tipo de tratamientos podrían ser efectivos.

Pero, con el paso del tiempo, la ciencia avanza.

Según Harvey, tan pronto como haya una vacuna disponible, las empresas van a poder reanudar sus actividades sin temor, lo que significa que van a poder recontratar trabajadores. En cambio, en 2008 no había claridad acerca de cuándo la crisis iba a terminar.

De hecho, ya hay signos de que la economía empezó a recuperarse,como la caída del desempleo registrada en mayo al pasar de 14,7% a 13%.

Harvey advierte, no obstante, que no todas las compañías se salvarán y que algunas cerrarán de forma permanente.

“La clave para los decisores políticos es minimizar los daños colaterales”, apunta.

Eso significa asegurarse de que los paquetes de estímulo son lo suficientemente buenos para mantener a flote negocios saludables hasta que estos puedan reanudar sus operaciones.

Algunos expertos son un poco más escépticos sobre la posible vuelta a la normalidad.

“Cuándo la economía arranque, cuando el distanciamiento social llegue a su fin, cuando tengamos una vacuna, ¿regresará el empleo a donde estaba el día antes de la pandemia?”, se pregunta Knoop.

“Quién sabe, quizá, pero yo creo que es improbable”, advierte.

Fuente: BBC Mundo

Vienen más emisiones de bonos soberanos en un complejo escenario fiscal


Las nuevas colocaciones de deuda serán a rendimientos mayores para cubrir el costo de la incertidumbre.

La próxima semana el Ejecutivo enviará al Congreso Nacional un presupuesto complementario que replantea el uso de los recursos fiscales, afectados por la pandemia. Más gastos, más financiamiento y menos ingresos son los elementos centrales que ya se ha asomado, producto del impacto del COVID-19 en la economía.

Durante una entrevista con Noticias SIN, el ministro de Economía, Planificación y Desarrollo, Juan Ariel Jiménez, adelantó que la reforma de las cuentas presupuestarias de este año incluirá una expansión del límite de endeudamiento, debido a mayores necesidades de financiamiento.

“Conforme se apruebe el presupuesto complementario, se le daría autorización al Poder Ejecutivo de hacer una emisión de bonos internacionales, por ejemplo, los soberanos, mayor a lo originalmente previsto”, dijo Jiménez durante la entrevista.null

Ya en enero el gobierno agotó casi todo lo permitido en emisiones de deuda en los mercados internacionales, tras colocar 2,500 millones de dólares en bonos soberanos. Con ello copó más del 80 % del límite de endeudamiento externo permitido para este año.

El titular del despacho económico no señaló los nuevos topes de deuda que se podrá colocar este año, pero lo cierto es que esos compromisos serán más costosos para el país.

El precio de la incertidumbre

Desde la declaratoria del COVID-19 como una pandemia en marzo pasado, los niveles de incertidumbre se han disparado en el mundo. Entre los afectados están los países emergentes, que tienen más riesgo de inestabilidad financiera a la hora de una crisis.

Por eso, calificadoras de riesgo como Fitch y Standard & Poor’s han puesto la perspectiva de la deuda dominicana a largo plazo como negativa. Esas evaluaciones hacen que, para que los bonos de deuda se ofrezcan a mayores tasas de rendimiento para que sean atractivos para los inversionistas.

Aunque el financiamiento significa un oxígeno ante la caída de los ingresos generada por la crisis del COVID-19, a largo plazo su costo se incrementa. Y ya la deuda pública dominicana marchaba en esa tendencia.

Por los compromisos ya contraídos antes de toda la crisis, para abril el Estado había pagado 1,616.5 millones de dólares en servicio de deuda e intereses. La deuda dominicana del sector público no financiero hasta el mes pasado se situaba en 38,460.1 millones de dólares.

Según los datos del Centro Regional de Estrategias Económicas Sostenibles (Crees), en los últimos años solo el pago de intereses de deuda se ha incrementado paulatinamente hasta llegar a representar un 23 % de los ingresos tributarios en 2019.

Fuente: Diario Libre.

Por qué la inflación pudiera venir después de la pandemia


Diario Libre
  • Los gobiernos debieran financiar su deuda a las actuales tasas ultrabajas con los vencimientos más largos posibles

La pandemia se ha comparado con una guerra, aunque es una guerra contra una enfermedad, no contra otros humanos. Al igual que una guerra, está transformando las economías y exigiendo enormes aumentos en el gasto público y en el apoyo monetario. Ciertamente legará una deuda pública y unos balances de los bancos centrales mucho más elevados.

¿Esto significa que la pregunta de si este largo ciclo de deuda forzosamente terminará en inflación debe responderse afirmativamente? No, pero es posible que suceda. Después de la Primera Guerra Mundial, Alemania eliminó su deuda de guerra interna con inflación durante la hiperinflación de 1923. Después de la Segunda Guerra Mundial, el Reino Unido emergió con una deuda fiscal del 250 por ciento del producto interno bruto (PIB). Una inflación moderada ayudó a erosionar una parte de ella.

Entonces, ¿qué pudiera pasar ahora? Necesitamos comenzar desde las condiciones iniciales. Entramos en esta crisis con altos niveles de deuda privada, con bajas tasas de interés y con una persistentemente baja inflación. En el grupo de siete países líderes de altos ingresos, ninguno tiene una deuda cercana a la del Reino Unido en 1945. Pero la deuda neta de Japón era del 154 por ciento del PIB y la de Italia era del 121 por ciento del PIB antes de la crisis.null

El impacto económico de Covid-19 es diferente al de una gran guerra. Las guerras reestructuran las economías y destruyen el capital físico. El coronavirus ha reducido las economías al suprimir tanto la oferta como la demanda que dependen del contacto humano cercano. El impacto inmediato, como ha argumentado Olivier Blanchard, del Instituto Peterson para la Economía Internacional (PIIE, por sus siglas en inglés), parece altamente deflacionario: el desempleo se ha disparado; los precios de las materias primas se han derrumbado; gran parte del gasto se ha desvanecido; y los ahorros preventivos también se han disparado. Los patrones de consumo han cambiado tanto que los índices de inflación carecen de sentido.

Durante más de una década, los exagerados han argumentado que los balances ampliados de los bancos centrales son los precursores de la hiperinflación. Los seguidores de Milton Friedman sabían que esto estaba equivocado: la expansión del dinero de los bancos centrales compensó la contracción del dinero respaldado por crédito. Las amplias medidas de la oferta monetaria habían crecido lentamente desde la crisis de 2008.

Pero esta vez es realmente diferente. Durante los últimos dos meses “US M2” — una medida que incluye la demanda, los ahorros y los depósitos por períodos fijos — y “Divisia M4” — un índice más amplio que pondera los componentes por su papel en las transacciones — han mostrado enormes aumentos en el crecimiento. Si eres monetarista, como Tim Congdon, la combinación de una limitada producción con un rápido crecimiento monetario pronostica un salto en la inflación. Pero es posible que la pandemia haya reducido la velocidad de circulación: es posible que las personas se aferren a este dinero, no que lo gasten. Pero no se puede estar seguro. Yo nunca olvidaré el aumento casi universalmente inesperado de la inflación en la década de 1970. Esto pudiera suceder nuevamente.

¿Y qué sucederá a largo plazo? El Sr. Blanchard ha sugerido que es probable que veamos más de lo mismo: una demanda estructuralmente débil, baja inflación y tasas de interés ultrabajas, lo cual describe la situación que Japón ha tenido durante una generación. El cambio de China hacia un crecimiento más lento y hacia una inversión más débil agrega aún más incertidumbre a este panorama. El Sr. Blanchard ha propuesto tres razones por las cuales la inflación pudiera sorprender al alza: incrementos en los ratios de deuda pública mucho mayores que los 20-30 puntos porcentuales actualmente anticipados; un enorme salto en las tasas de interés necesarias para mantener las economías operando cerca de la producción potencial; y el “dominio fiscal”, o la subordinación del banco central a las demandas gubernamentales de financiación barata.

No se puede descartar el aumento de los ratios de deuda. Pero, tal como están las cosas, los países que parecen más expuestos fiscalmente son Japón e Italia. El primero no ha sido capaz de elevar la inflación durante años. El segundo está, por ahora, contenido en la eurozona. En cuanto a las tasas de interés, Charles Goodhart, de la Escuela de Economía de Londres, y Manoj Pradhan, un economista de negocios, han sostenido que se avecinan grandes cambios estructurales. El entorno deflacionario creado por el aumento de las exportaciones chinas y por la globalización ha terminado. La presión salarial aumentará. Cuando el aumento en el gasto alimentado por la generosidad fiscal y monetaria se desborde a la inflación, será visto como temporal, o será simplemente bienvenido, conforme la carga real de la deuda se erosiona.

Entre los beneficiarios de esta erosión de la carga real de la deuda, según los autores, estarán los gobiernos. Los políticos se enfurecerán si los bancos centrales elevan las tasas de interés por encima del crecimiento del PIB nominal y fuerzan una reducción fiscal más allá de la necesaria para frenar los enormes déficits fiscales creados (correctamente) por los programas de la crisis. La resistencia popular a la repetición de los recortes en el gasto público que se produjeron después de la crisis financiera será intensa. Sin embargo, también habrá una intensa resistencia a los impuestos más altos necesarios para reducir los déficits fiscales conforme se restablezca el pleno empleo.

Los gobiernos entonces probablemente exigirán financiación barata por parte del banco central, probablemente reforzada por otras formas de represión financiera, incluyendo los controles de capital, que serán justificadas como una expresión deseable de soberanía nacional.

¿Es parte de esto inevitable? Definitivamente no. Los gobiernos prudentes debieran financiar toda su deuda a las actuales tasas ultrabajas con los vencimientos más largos posibles.

Fuente: Diario Libre.

En qué países de América Latina y el mundo proponen subirle los impuestos a los más ricos


La crisis económica provocada por la pandemia le ha dado un nuevo impulso al debate sobre cómo las personas más ricas pueden ayudar a pagar el gigantesco costo fiscal de las medidas de emergencia tomadas por los gobiernos.

En países como Italia, España, Argentina, o Brasil, han surgido propuestas para recaudar fondos adicionales que permitan mitigar las profundas huellas económicas que dejará la crisis global.

Mientras algunos parlamentarios hablan de crear una especie de impuesto solidario -que se aplicaría una sola vez-, otros insisten en que se requieren cambios permanentes en el sistema impositivo para aumentar la recaudación disminuyendo la desigualdad.

Aunque circulan distintas ideas, la mayoría apunta a aumentar el gravamen de los recursos de las personas, más que los impuestos a las empresas o al consumo (IVA).

“La recaudación fiscal por el pago de impuestos sigue siendo muy baja en Latinoamérica y reduce poco las desigualdades”, le dice a BBC Mundo Sebastián Nieto, jefe para América Latina y el Caribe del Centro de Desarrollo de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Esa recaudación solo llega al 23,1% del Producto Interno Bruto (PIB) en la región, mientras que en los países de la OCDE el promedio sube a 34,4%.

Al mirar el detalle por países, resulta que algunos como Guatemala, Paraguay y República Dominicana, recaudan menos del 14%.

Pero cuando analizamos los tributos por separado, resulta que la recaudación del impuesto a la renta de los individuos es mucho más baja: 2,2% del PIB en América Latina y 8,3% en la OCDE.

Es por eso que Nieto propone subir el impuesto a la renta de los individuos, combinándolo con un alza al impuesto a la propiedad y otros tributos relacionados con el medio ambiente.

Y aunque no descarta la idea de aplicar un impuesto solidario a las grandes fortunas por una sola vez para enfrentar la crisis económica, prefiere avanzar por el camino de la renta individual.

Por otro lado, el Fondo Monetario Internacional (FMI), también entró al debate publicando un documento elaborado por el Departamento de Finanzas Públicas del organismo, llamado “Tax Issues: An Overview” -y que forma parte de una serie especial sobre políticas fiscales en respuesta al covid-19-, donde los autores plantean una serie de medidas para “asegurar la recaudación y fomentar la solidaridad”.

Entre ellas proponen “considerar aumentos de las tasas en los tramos superiores del impuesto sobre la renta, del impuesto sobre la propiedad y del impuesto sobre el patrimonio, quizás a modo de sobretasa solidaria”, señala el texto.

Estas son 3 ideas que han surgido en respuesta a la emergencia económica provocada por la pandemia, promovidas por economistas independientes, partidos políticos, centros de estudios u organismos internacionales.

1-Subir el impuesto a las grandes fortunas (patrimonio)

El impuesto a las grandes fortunas, también conocido como el impuesto al patrimonio personal o a la riqueza, es una de las propuestas más controvertidas.

Planteado como un impuesto “por única vez”, el oficialismo en Argentina propone aplicar un tributo de 2% a las personas que hayan declarado un patrimonio superior a los US$3 millones, con escalas crecientes que llegan hasta el 3,5%.

“Ante una situación tan excepcional, se requieren medidas excepcionales”, le dice a BBC Mundo Julia Strada, doctora en desarrollo económico, directora del Centro de Economía Política Argentina (CEPA) y directora del Grupo Banco Provincia, que promueve la iniciativa.

Según Strada, ha crecido en la región la idea de cobrar un impuesto a la fortuna de los más ricos por una sola vez, principalmente desde el lado de los partidos políticos de oposición.

Propuestas como esta provienen de cercanos al expresidente Evo Morales en Bolivia; a parlamentarios de partidos como el PT en Brasil; cercanos al expresidente Rafael Correa en Ecuador; parlamentarios del Frente Amplio en Perú, o miembros del Partido Comunista en Chile.

El presidente de Perú, Martín Vizcarra, anunció que está estudiando la posibilidad de un impuesto “solidario” o impuesto a la fortuna, pero no ha entregado más detalles.

En España, la fuerza política Unidas Podemos, propone un impuesto a la grandes fortunas individuales, bajo el nombre de “tasa de reconstrucción”.

En otros países como Suiza, miembros de partidos con escasa representación promueven un “Impuesto de Solidaridad de Coronavirus” para gravar la fortuna de los más ricos, mientras que el el Reino Unido, algunos parlamentarios de oposición han hablado de la idea, pero aún no se conoce una propuesta específica.

2-Subir el impuesto a la propiedad de las personas

En Alemania, miembros del Partido Social Demócrata (SPD) propusieron un impuesto extraordinario a la propiedad -por una sola vez- para recaudar fondos adicionales frente a la pandemia.

Sin embargo, no todos dentro del partido están de acuerdo con esa propuesta en las actuales circunstancias. Algunos líderes del SPD han dicho que la idea puede ser discutida, pero cuando se acabe la crisis.

Emilio Pineda, jefe de la División de Gestión Fiscal del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), dice en diálogo con BBC Mundo que “hay un enorme espacio para mejorar el impuesto a la propiedad en Latinoamérica”.

La región recauda cerca de medio punto del PIB en impuesto a la propiedad, explica Pineda, mientras que los países de la OCDE recaudan por encima del 1,5%.

“Hay espacio para triplicar el impuesto a la propiedad”, dice el economista, agregando que es mejor concentrarse en este tipo de instrumentos, antes que gravar las fortunas en general.

La experiencia internacional, argumenta, ha mostrado que el impuesto a la fortuna, recauda mucho menos de lo que se esperaba porque es muy difícil de cobrar y los resultados han sido heterogéneos.

Junto al impuesto a la propiedad, Pineda es partidario de subir el impuesto a la renta de las personas, pero al mismo tiempo, aumentar la eficiencia del gasto público.

“Se desperdicia mucho dinero en la región”, apunta.

3-Subir el impuesto a la renta personal

El impuesto a la renta personal grava los ingresos de las personas, es decir, las utilidades generadas por su capital (habitualmente invertido en acciones), y otros ingresos que pueden provenir, por ejemplo, de salarios.

En Guatemala, el país de latinoamericano con la menor recaudación de impuestos de la región, parlamentarios de oposición propusieron aumentar este gravamen.

Y en Italia, parlamentarios oficialistas promueven la idea de crear un impuesto excepcional, llamado “Tasa Covid” de carácter progresivo durante 2020 y 2021, para aumentar el gravamen sobre los réditos o ganancias anuales de las personas.

“Los países de la región no están explotando de manera efectiva el impuesto a la renta de las personas”, dice Pineda.

Y su baja recaudación, explica, se debe a tres razones: solo lo paga cerca del 10% de la población, tiene exenciones muy generosas que benefician a los segmentos de ingresos más altos y en muchos lugares los ingresos de capital no pagan impuestos (entendiendo los ingresos de capital como las ganancias que generan las acciones).

¿Qué dicen los que se oponen?

Los detractores de este tipo de medidas, argumentan que un alza tributaria daña la inversión y la creación de empleos, haciendo más difícil la recuperación económica.

También advierten que provocaría una una fuga de capitales hacia países con menos impuestos y -en el caso específico de Argentina- anticipan una dura pelea en los tribunales de justicia si el gobierno sigue adelante con su agenda de reforma tributaria.

Otro de los argumentos es que las propuestas para subir impuestos a los más ricos tienen un fundamento ideológico -anclado en el viejo antagonismo de la lucha de clases-, en vez de un fundamento técnico.

Y a eso se suma la desconfianza que existe en los sectores empresariales respecto a la transparencia y eficacia con que el Estado administra los recursos públicos.

A futuro viene el desafío de generar más ingresos fiscales, no solo para pagar la factura que dejará la pandemia, sino también para enfrentar la caída en el precio de las materias primas y otros efectos de la recesión global.

Por eso los expertos dicen que será necesario crear un nuevo pacto fiscal.

“Aprovechar el impulso de solidaridad”

Santiago Díaz de Sarralde, director de Estudios Tributarios del Centro Interamericano de Administraciones Tributarias (CIAT), le dice a BBC Mundo que lo más probable es que los países modifiquen varios tributos para asegurar la sostenibilidad.

“La combinación de medidas y el reparto solidario del coste de la crisis será imprescindible”.

“Qué tipo de combinación de impuestos y cómo hacer un reparto solidario del coste de la crisis, tendrá que interpretarlo cada país, porque además hay que preservar la recuperación”.

Los más optimistas creen que la crisis económica puede traer vientos favorables para el bienestar social.

“Hay una oportunidad para generar consenso sobre una de las principales reformas pendientes, que es reforzar la protección social y la inclusión gracias a mejoras en el campo fiscal”, dice Sebastián Nieto de la OCDE.

“Estamos en un momento de bajos niveles de confianza y satisfacción ciudadana, y los gobiernos deben aprovechar este impulso de solidaridad para pasar reformas fiscales y repensar el pacto social“.